






“Ser maestra en la Escuela Bíblica Dominical ha sido un privilegio que Dios me regaló. Cada domingo me llena de alegría ver a los niños llegar con sus Biblias, algunos con sus padres, otros con sus hermanitos, pero todos con un corazón dispuesto a aprender.
Una de las experiencias que más me marcó fue con un niño que no hablaba mucho. Durante semanas solo observaba y parecía no participar. Pero un día, mientras compartíamos una lección sobre el amor de Dios, él levantó la mano por primera vez y dijo: ‘Yo quiero que Jesús sea mi amigo’. Ese momento fue especial. Fue una semilla que cayó en tierra fértil. Desde entonces, lo he visto cantar, orar, y hasta invitar a otros niños a venir.
La Escuela Bíblica no es solo un lugar para aprender, es un espacio donde Dios toca corazones y transforma vidas. Esta feria es una muestra del fruto que Dios está dando a través de cada maestro, cada enseñanza y cada historia bíblica sembrada con amor. ¡Vale la pena todo esfuerzo por formar a los niños en el camino del Señor!”
Una de las experiencias que más me marcó fue con un niño que no hablaba mucho. Durante semanas solo observaba y parecía no participar. Pero un día, mientras compartíamos una lección sobre el amor de Dios, él levantó la mano por primera vez y dijo: ‘Yo quiero que Jesús sea mi amigo’. Ese momento fue especial. Fue una semilla que cayó en tierra fértil. Desde entonces, lo he visto cantar, orar, y hasta invitar a otros niños a venir.
La Escuela Bíblica no es solo un lugar para aprender, es un espacio donde Dios toca corazones y transforma vidas. Esta feria es una muestra del fruto que Dios está dando a través de cada maestro, cada enseñanza y cada historia bíblica sembrada con amor. ¡Vale la pena todo esfuerzo por formar a los niños en el camino del Señor!”







